viernes, 17 de marzo de 2017

Querido diario: ... se encargó de sacudir una bonita noche de carnaval mientras Luis Fonsi le cantaba a una guapa morena que le dejara respirar su cuello, despacito…

Querido diario:

Resulta que, al parecer, alguien cuyo deseo sea ser escritor (o proyecto de escritora, como a mí me gusta describirme) debe escribir todos los días para ir alimentando el hábito e ir desarrollando su estilo, para ir creando historias inspiradoras o para ir destruyendo ilusiones (esto también se consigue con un buen relato, aunque esté feo…), ya sean las propias o las de aquellos que leen lo que tenemos a bien, o a mal, escribir.

Vale, me digo cada día, siéntate, enciende el ordenador, respira hondo, masajea tus dedos como haces siempre que el gusanillo de la creación te sube por el estómago hacia la garganta, inspira, expira (como cuando estás viendo un partido de basket y hay que lanzar un tiro libre) y empieza…”.

Bien, pues esos pasos, que parecen sencillos, a veces son mucho más complicados de seguir que… no sé, que cualquier cosa que te cueste trabajo hacer o que consideres difícil, tediosa, exasperante, agotadora,… Todo eso junto y mezclado en una coctelera es el resultado de los últimos dos meses de mi trabajo de proyecto de escritora. Un desastre…

Hace un par de semanas, durante mis últimas vacaciones en ese “marco incomparable del Mediterráneo” al que sigo llamando hogar, me encontré con un amigo de mi infancia al que hacía muchos años que no veía. Voy a decirte su nombre, porque me reiteró que me lee cuando “oso” publicar algo… Pedro Navarro se llama, un tierno y querido amigo, compañero de muchos años de juegos durante la infancia y de noches de fiesta al llegar la adolescencia y los años universitarios. Compartí con él a algunos de los que hoy son grandes e imprescindibles amigos para mí y la verdad es que me alegré muchísimo de verlo. Apenas fueron un par de minutos en los que me envolvió en un tierno abrazo mientras me preguntaba por qué llevaba tanto sin publicar nada, que seguía el blog y que le gustaba mucho leerme, ¡que escribiera, por favor! Yo me reí, claro, y le di las gracias mientras nos despedíamos.

Igual, querido diario, te parece una tontería que esta sencilla y halagadora frase se quedase clavada en mi corazón. “¿Es posible que los lectores del blog estén echando en falta algo de contenido, algo de sentimiento, algo de atención?”. Y eso mismo me lo he estado preguntando durante días cuando me sentaba, encendía el ordenador, respiraba hondo, masajeaba mis dedos, inspiraba, expiraba y… Nada, creación cero.

Recurrí entonces a los muchos trucos que a lo largo de estos años he ido aprendiendo para llamar a las hadas y que estas vinieran a visitarme, pero debo confesar que a cada segundo mi ánimo se hundía más y más; en lugar de avanzar, retrocedía, en lugar de inspiración, me topaba de bruces con el desánimo y en lugar de algún tema interesante sobre el que dejar volar mi imaginación, solo encontraba esas bonitas y didácticas frases a modo de consejo de las que las redes sociales están abarrotadas… ¡Qué bien quedan esos consejos escritos ahí, quedan de muerte! Pero servir,… ¿Sirven de algo? Bueno, sí, vale, de algo sirven, te lo concedo... Y entonces me acordé del día en el que, decidida y armada con una determinación indestructible, creé lo que hoy es El Blog de Isa Pérez.

Durante esa primera época en la que todo era susceptible de ser narrado, criticado, relatado, elaborado, contado o enumerado, devoraba con un ansia digna del comilón más grande del mundo, cualquier cosa que cayera en mis manos sobre cómo escribir, cómo encontrar las palabras justas, exactas, cómo enganchar al lector… Leía todas las frases, consejos, manuales,… que sobre la escritura y los escritores hablaran; buscaba los sabios consejos de escritores consagrados, no dejaba de leer ni un artículo, no dejaba pasar ni una sola oportunidad de mejorar mi creación, respiraba letras y las devolvía al mundo en forma de relato, bueno o malo, eso no importaba. Me encantaba, era feliz.
Supongo que las primeras épocas de todo son así, felices y despreocupadas, todo lo que tienes es camino por delante, todo puede mejorar con trabajo y dedicación; durante esas primeras épocas no se suele retroceder, ya que el camino hacia atrás casi no existe y, como mucho, te paras a coger carrerilla. Pero, ¡ay, amigo! ¿Qué pasa cuándo la primera época ha pasado y tienes ya algún trecho recorrido por detrás y aún muchísimo que recorrer hacia delante? Pues que existe el peligro de dejar de dar esos pequeños pasos diarios que te van conduciendo hacia la mejoría y empezar a andar de espaldas como si de pasos de gigante se tratase. Y aquí es donde entra en juego la falta de inspiración, la desesperación, el querer y no poder, el ansia de crear y la impotencia al no ser capaz. Y esto, querido diario, es lo que yo arrastraba desde hace meses, una sequía creadora casi absoluta que mi amigo Pedro Navarro, en ese “marco incomparable del Mediterráneo” al que sigo llamando hogar, se encargó de sacudir una bonita noche de carnaval mientras Luis Fonsi le cantaba a una guapa morena que le dejara respirar su cuello, despacito

Bss.




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