jueves, 25 de agosto de 2016

Todas casadas, todas paridas.


El verano siempre nos sorprende con nuevas y variadas anécdotas, algunas memorables, otras no tanto, dependiendo en parte de las personas con las que estés en el momento de producirse el acontecimiento que marca el verano, ese día que deja para siempre señalada una fecha en el calendario y que dentro de unos años será “el verano en el que pasó… (lo que sea que fuera)”.

Para mí acaba el verano ya (como buena aguileña, el verano acaba cuando pasa el 15 de agosto, así es) y siempre recordaré este verano como el verano en el que sucedió un hecho traído de otra época, algo que he leído mil veces en las novelas ambientadas en aquellos años protagonizados por una alta sociedad de aristócratas, ricos herederos, banqueros, médicos, pintores, artistas protegidos por los ricos del momento, toreros de éxito en las plazas,…; esa época de los siglos XVIII, XIX y principios del XX en España de las grandes fiestas, en la que las alcahuetas intermediaban entre amores imposibles, o mal vistos, y las citas entre enamorados se cerraban con una notita hábilmente introducida en la limosnera de la dama y que ella leía a hurtadillas mientras sus mejillas se sonrojaban, dejando traslucir el deseo de ese encuentro. Esos affaires furtivos eran muy habituales entre personas pertenecientes a distintas clases sociales y, en muchos casos, era el modo habitual de hacer saber al otro el “interés” en entablar una relación romántica al más puro estilo del Don Juan.

Bien, pues este verano, como cada año, celebramos una vez más una genial cena de amigas, como viene siendo habitual desde hace tantos años que ya ni recuerdo cuándo fue la primera. Este año elegimos un sitio nuevo, a la orilla del mar, con el castillo al fondo y la Bahía de Levante reflejando una Luna que iluminaba la noche dando a tan esperado acontecimiento un brillo especial. La cena transcurrió como se esperaba: con besos de reencuentro, risas, alguna mueca de disgusto por alguna opinión no compartida, mucha conversación y grandes deseos de que la noche acabara bien. Y así fue. Acabó requetebién.
 
Os cuento…

Cenamos un excelente pescado de mi tierra al que le siguió una copa en la terraza del local, de cara a esa maravillosa panorámica que nos ofrecía la noche. Al salir, me di cuenta de que algo había llamado la atención de una mesa cercana y todos lo que en ella estaban sentados, tres hombres y una mujer, nos miraban con bastante descaro, teniendo en cuenta lo cerca que estábamos unas de otros, cercanía que permitió que me diera cuenta de que uno de los caballeros era un afamado torero… Ahí es nada…

La mesa que nos habían preparado para las copas quedaba justo en la esquina izquierda de la terraza, colocada paralela a la playa, por lo que yo, desde la cabecera de la mesa, no perdía detalle de las risas y miradas de las que éramos objeto, aunque desconocía el motivo de las mismas, motivo que minutos después haría que enmudeciéramos de asombro, cuando una de las camareras se acercó a una de mis amigas (el rostro enrojecido de la vergüenza que sentía y la voz vacilante, como si de repente su cuerpo se hubiera convertido en un flan), con una notita doblada en una mano. La pobre chica, superando el shock del que era víctima, le susurró al oído a mi amiga que “el señor de la mesa de enfrente me ha pedido que te entregue esta nota”. A lo que, como podéis imaginar, la susodicha no supo qué contestar. Una vez que la camarera se hubo marchado, nos abalanzamos “todas a una” sobre mi amiga y el amarillo y misterioso papel que mantenía, incrédula, en la palma de su mano, como si de una caja de Pandora se tratase.

“¡Ábrelo! ¡Ábrelo!”, gritábamos importándonos muy poco que el autor no perdiera detalle de lo que decíamos.

“Qué guapa eres. Por un admirador”, junto con dos números de teléfono, era lo que rezaba la notita que nos transportó a la época de los grandes salones, camisas almidonadas y amplios vestidos con enaguas y polisón, cuyo frufrú se dejaba oír en cada vals que se bailaba, bajo la atenta mirada de carabinas y celestinas.
 
Más atentas ahora a los componentes de la mesa vecina (creo que el interés que despertó en nosotras semejante evento fue absolutamente lícito), pudimos comprobar que el torero estaba junto con su cuadrilla y que todos, incluida la mujer que les acompañaba (que hubiera podido ser la madre de cualquiera de nosotras), cuchicheaban sin parar mientras pedían otra ronda de copas y enviaban de nuevo a la pobre camarera para decirnos que “los caballeros de la otra mesa os quieren invitar a una copa”, a lo que también, esta vez “todas a una” dejamos escapar un sonoro “¡Noooo!” que no hizo falta que la camarera transmitiera a nadie. A partir de ese momento, un disparate tras otro se dejaba oír en nuestra mesa (compuesta por diez guapas mujeres, que todo hay que decirlo), mientras que el jolgorio iba decayendo en la mesa del torero ante la negativa que recibieron por nuestra parte y la de mi amiga (objeto de la propuesta, como recordaréis). Pasado un rato, mientras nosotras ya estábamos a lo nuestro recordando anécdotas y conversando animadamente, volvimos a enmudecer. Esta vez no fue la pobre camarera, sino la mujer que acompañaba a los hombres, la que se acercó a la mesa, mientras ellos pagaban la cuenta y se disponían a marcharse. La señora, más parecida a una alcahueta que a cualquier otra cosa, nos preguntó con rostro amigable y sonriente, si estábamos de despedida de soltera, a lo que una de mis amigas contestó, con el desparpajo que la caracteriza y que la hace inolvidable, un “no, aquí estamos todas casadas y todas paridas”, que dejó blanca a la celestina que se despidió de nosotras susurrando “me hubiera gustado que conocierais a mis amigos”, sin ningún tipo de convencimiento ya, sabiéndose de sobra perdedora de una partida iniciada por un jugador que, por ser quién era, no debía de haber comenzado.

Pensaréis que esto se acaba aquí. Pues no… Porque mención aparte merece la retirada de escena del torero, que tras pagar las comandas de su mesa, se puso en pie, ajustó su pantalón negro de pinzas a su estrecha cintura, remetió los faldones de su camisa blanca casi “almidonada” e infló su pecho como si de un palomo en celo se tratara: espalda erguida, cabeza alta, barbilla alzada (dejando patente en este gesto el tamaño de su altanería). De esta guisa pasó, mirando de reojo nuestra mesa, semejando el gesto al que seguramente mantiene durante el tradicional paseíllo en la plaza un domingo a las cinco de la tarde, capote en ristre. Un triste mutis que, a mi entender, sobró. Pero bueno, ¿qué sé yo del mundo de la farándula? Igual los famosos digieren los “no” mejor así…

Resumiendo, y como supondréis, este verano será, pasa siempre, el verano del “todas casadas, todas paridas”.

Bss.

4 comentarios:

  1. Ole, ole y ole!! Dos orejas y un rabo para esta historia tan divertida!!
    Saludos desde Murcia. Eva P.

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  2. Muy buena historia , ese noche disteis el capotazo final jajjaja . Un abrazo

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