jueves, 9 de noviembre de 2017

Sin título (IV): ... este es, o debe ser, auténtico, real, precioso e inolvidable...


Dejó el teléfono sobre la mesa y se dejó caer en la silla que tenía a su lado. Pesadamente, como si el mundo entero le hubiera caído sobre los hombros. ¿Qué acababa de pasar? Algo se le escapaba, estaba segura de eso. Era imposible que aquellas cuatro palabras mal cruzadas hubieran desencadenado lo que vino a continuación. Un momento risas y, al siguiente, la más absoluta oscuridad.

Las lágrimas le surcaban el rostro entristecido mientras aún resonaban en su cabeza aquellas duras palabras, esa última frase que sería, quizá, la última que jamás volvieran a cruzar. Cuánta dureza y qué hondo dolor le había producido oírlas. ¿No sabía él que, por encima del deseo que sentía, estaban el cariño y la admiración que le producía? Era un sentimiento tierno, puro y real, no era una pose ni una excusa. Era cierto como la vida misma, era cierto como lo que ahora le apuñalaba el alma.

Pensó que tal vez era mejor así, dejar el futuro en cero expectativas o en cero posibilidades, aunque bien mirado tampoco era eso lo que quería. Abandonar una amistad era duro, bien lo sabía, ya le había sucedido en otras ocasiones, y no le gustaba contemplar ese porvenir en el que el adiós definitivo predominaba, no era eso lo que ella pretendía, en absoluto, ya que en su vida era importante contar con los suyos, con los que ella llamaba suyos, claro. Porque, posiblemente, él no lo veía así. Si los amigos son incondicionalmente amigos en toda la extensión del significado de esta bella palabra, quizás él no lo era. Y eso, sin duda, le dolía aún más.

Mientras se atusaba el cabello y luchaba por detener las lágrimas  que,  insistentemente, caían hacia la nada, no pudo evitar que los recuerdos se agolparan sin cesar. Tantos había almacenados en esa cabeza, que se superponían unos sobre otros, sin orden, sin  fin… La primera vez que se vieron, el día que se conocieron, las miradas furtivas, la curiosidad que despertaban el uno en el otro, palabras cruzadas sin compromisos, sin tapujos, con todo sobre la mesa. Tantos eran que si hubiera tenido que elegir uno de ellos para no olvidarlo jamás, no hubiera sabido cuál elegir. Quizá la primera conversación que mantuvieron a solas, sí, quizá hubiera sido ese el mejor de todos ellos. Lo recordaba con una nitidez y claridad que le asustaba. ¿Y si no podía olvidarlo? ¿Y si, a pesar de todo, el haberlo conocido terminaba convirtiéndose en un lastre colgado de su pecho que no la dejara respirar el resto de su vida? Había muchas cosas que tenía claras, y una de ellas era que no quería que eso pasase. Uno de los fundamentos en los que estaba basada su vida era en la amistad, esa palabra que tan a la ligera se usa y que pocos  saben qué significa realmente. ¿Es amor incondicional? Amor del bueno, del que no se desgasta, del que no se abusa, del que siempre está ahí y nunca se traiciona, pase lo que pase. No tiene nada que ver con el otro, con el romántico; este es, o debe ser, auténtico, real, precioso e inolvidable.

Pensó que talvez le estaba  pidiendo mucho a la vida en este sentido, pero realmente ella lo veía así. Y se dolía por ello.

Sonrió tristemente al recordar las veces en las que ambos se habían lamido las heridas en la agradable compañía del otro, en cómo se iban desdibujando las cicatrices que ambos arrastraban durante esas interminables charlas y en cómo las sonrisas calladas hacían agradables los escasos silencios que habían compartido. Algo más que amigos, pero amigos al fin y al cabo y por encima de todo lo demás.

Pero ahora… Sabía que el silencio sería eterno, las cicatrices no volverían a borrarse y las heridas serían, cada día, más profundas.

Y eso, sería así, por siempre. Para siempre. Porque las grandes historias, nunca tienen finales a la altura. Y esta, no iba a ser menos…
Bss.

sábado, 28 de octubre de 2017

Querido diario: ... cuando ya tenemos el vaso rebosante de agua, cuando el recipiente que guarda lo malo está a reventar...

Querido diario:

¿es más fácil escribir cuando se está triste, deprimido, cuando el peso del mundo te cae sobre los hombros hundiéndote hasta el suelo, o será más sencillo hacerlo cuando uno se siente bien, cuando estamos alegres, felices y vemos la vida de color rosa?

Me hacía esta pregunta hace unos días y la verdad es que no he sabido encontrar una respuesta que me satisfaga del todo. Supongo que, como proyecto de escritora, suelo escribir más cuando me encuentro de un modo en concreto que cuando estoy del otro, pero la verdad es que, incluso cuando me siento feliz, suelo escribir cosas generalmente tristes o, al menos, no suelen ser relatos en los que predomine la alegría. Al final, muere uno, muere el otro, o uno ya está muerto y el vivo recuerda el pasado… En fin, que no soy muy optimista escribiendo.

Sinceramente, y a raíz de esta pregunta que me surgió mientras leía un artículo de una escritora de fama mundial hace unos días, a la cual le ha pasado de todo, o casi de todo (negativamente hablando), creo que, bien mirado, los sentimientos salen mucho mejor cuando uno no se siente feliz. O sea, que el alma vapuleada suele dar mejores frutos que un corazón sonriente (en este punto, y tras haber escrito esta línea con la que sé que vas a estar en desacuerdo, me tapo los ojos con las manos). 

Y es que creo que solemos dejar salir mucho mejor lo que llevamos dentro cuando estamos al límite de la paciencia, cuando ya tenemos el vaso rebosante de agua, cuando el recipiente que guarda lo malo está a reventar; entonces las palabras casi que salen solas, sin demasiado esfuerzo, porque necesitamos desahogarnos y contar lo que nos pasa. O, sencillamente, es en esos momentos cuando nos cuesta menos crear un bonito relato lleno de ternura. La vulnerabilidad del escritor es genial para esos casos. ¿No estás de acuerdo conmigo, querido diario?

Al hilo de esto, durante estas últimas semanas he sido capaz de crear cuatro historias distintas (todas ellas inacabadas, por supuesto): una de amor, otra de desamor, una tercera dolorosa y la cuarta tiene un poco de todo eso, mezclado con ese odio atroz que sentimos cuando alguien nos falla y nos defrauda (de esto, podemos hablar tú y yo un día…). Los cuatro relatos por separado son cortitos, apenas mil palabras que se entrelazan para formar un pequeño cuadro que mostrar al que lo quiera leer, pero juntos podrían llegar a ser algo… Los cuatro protagonistas se dan la mano en un momento determinado de cada historia, se cruzan en distintos sitios e, incluso, en los cuatro relatos, coinciden en alguno de los escenarios en los que se desarrolla la acción: un café, un parque, la playa, una cancha,… Lugares todos ellos frecuentados por todo tipo de personas, de diferentes culturas, de carácter distinto al del otro, personas de las que van y vienen, personas que permanecen en nuestra vida a pesar de la distancia, a pesar de recibir continuamente negativas a tal o cual requerimiento, personas que siempre cogen el teléfono cuando se las necesita o aquellas que jamás tienen una palabra amable que decirte, a pesar de todo… Son lugares que albergan las más variadas historias, que son testigos mudos de millones de encuentros con distintos finales, como mis cuatro relatos.

Como te iba diciendo, mis cuatro protagonistas son totalmente distintos. El primero, hombre, 40, ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, moreno, ojos color miel, sonrisa amable, camina por la vida como si le hubiesen dado una paliza tras otra y nadie se ocupase de curar sus heridas. La vida lo ha castigado, aunque aún conserva esa parte de felicidad que le hace creer que todo va a salir bien, lo cual es muy importante en estos tristes tiempos que corren… Esta es la historia de amor, el que él siente por la vida a pesar de todo y de todos, el que comparte con sus amigos, tres inseparables que son los encargados de ayudarle a sonreír cada día. No sabemos muy bien qué le ha pasado a lo largo de esos años ni cual es la carga que lleva consigo, pero sí sabemos que cada paso que da marca su futuro.

El segundo protagonista, otro hombre, chico más bien, tiene dieciocho, ahí es nada. Es rudo, arisco, contestón y maleducado, no tiene ningún tipo de interés en su futuro y no se preocupa por nada que no sea él mismo. Ni siquiera tiene estilo para ser un “ni ni”, esa generación de gandules malcriados que abundan en esta época que nos ha tocado vivir… Este, encima, mira por encima del hombro a todo aquel que osa dirigirle una mirada, como diciendo “cuidadito, que muerdo”. Esta es la historia de desamor, dura, triste, real…

La tercera historia la protagoniza una chica, edad indeterminada, una guapa morena de bella sonrisa que sonríe siempre y a pesar de todo. Tiene un espíritu optimista que muestra a todo aquel que la conoce. Si le preguntas cómo está, ella te contestará con un bonito “bien, gracias” adornado con una mirada profunda, sincera. Solo cuando está sola en casa, en la oscura soledad que la rodea, deja que el pasado vuelva ante sus ojos y llora desconsolada, arrancándose la careta sonriente que convive con ella durante las horas de luz. Creo recordar que no llegaremos a saber qué le causa tanto dolor, pero sí que es posible que al final alguien consiga darle algo de calor para que la pena sea menos dolorosa.

Por último, nos encontramos con la mezcla de todo, con el amor, el desamor, el odio, la frustración, la ternura del consuelo y la decepción originada por la dejadez y la falta de interés que, a veces, causamos en las personas que nos importan. La protagonista, de la que tampoco conocemos nada más que lo que siente y piensa según le van sucediendo cosas, es una luchadora del siglo veintiuno que nos narra en primera persona cómo ha sido el último año que ha vivido, doce intensos meses en los que ha amado, odiado, reído, llorado… Su cuerpo ha experimentado un cambio considerable por los motivos que ella misma nos cuenta y, al igual que ha aprendido a amar de un modo más ligero y tranquilo de lo que estaba acostumbrada, se ha sentido dulcemente querida. Un guiño a la realidad de la vida cuando uno ya tiene cierta edad que nos enseña que no hay desamor sin antes haber amado, no hay peor enemigo que la indiferencia, el odio nace del amor y todo eso junto forma lo que al final somos… Un conjunto de experiencias buenas y malas que mi protagonista nos acerca desde su “yo” más sincero.

¿Qué te parece? ¿Imaginas a estos cuatro juntos en una sola historia? Pues mira, quizá los junte a ver qué pasa… Aunque posiblemente, alguien vendrá y lo estropeará…

Hasta la próxima, querido diario…

Bss.
   



martes, 17 de octubre de 2017

Sin título (III): ... era su lugar, su refugio, su cielo y su infierno...

El transcurrir de los años le había ayudado a ver el pasado con ojos más realistas, más certeros. Ya no pensaba que había sido el destino el que le había jugado una mala pasada, sino que había sido él el que un día decidió jugar con su suerte sin saber que la vida, a veces, se torna juguetona y nos hace ser marionetas en sus manos invisibles.
Sentado en el extremo de aquel espigón que un día guardó sus sueños, pensaba que tal vez la vida no había hecho más que jugar con él, aunque, bien mirado, nunca hubiera conocido a Isabel. No se habría deleitado mirando los hoyuelos que adornaban su bello rostro; sus dedos nunca se hubieran perdido en su pelo del color del mar embravecido, ni hubiera conocido nunca el amor de una sirena. Bien mirado, su vida no hubiera sido una vida extraordinaria si ella no hubiera estado junto a él.
Recordó con ternura cómo ella lo miraba cuando hacían el amor en la cubierta del viejo Laura, y cómo él le contaba mil historias de la mar mientras las olas mecían suavemente aquel bote que fue el testigo más fiel de su amor. Habían pasado más de sesenta años desde entonces y ya veía cómo llegaba el fin de sus días, sin ella asomando por el viejo peñón, que un día, le empujó a vivir la vida de marino que siempre quiso ser. Ése era su lugar, su refugio, su cielo y su infierno; allí iba cuando estaba alegre, cuando no podía seguir caminando, cuando el peso del amor extinguido por el paso del tiempo le curvaba la espalda y le impedía encarar el día a día. Sabía que le quedaba poco; quizá, con suerte, tres o cuatro años, pero ¿qué era la vida ya para él? Una sucesión de horas, minutos, segundos… Nada más que el paso lento de unas horas vacías que jamás volverían a ser nada sin su compañera, sin su Isabel.
Mientras daba vueltas al viejo bastón que su hija le había regalado en su último cumpleaños, veía cómo el Sol se iba poniendo sobre un Mediterráneo que más parecía un espejo que otra cosa. La brisa acariciaba las arrugas de un rostro que, en otro tiempo, había sido joven y bello. Con una media sonrisa, se dejó llevar a aquellos años de juventud, en los que todo era prisa por vivir, prisa por amar. Isabel vivía en el extremo de la calle que él recorría cada día para ir a los muelles. Cada mañana, ella se asomaba a la ventana para verlo pasar. Fernando era hermoso, fuerte, de piel morena y cabello aún más oscuro. Sus ojos, verdes como las profundidades del mar, la miraban sonrientes mientras su boca, más discreta, dudaba buscando algo que decirle. Ella, coqueta, se atusaba su larga melena negra como el azabache y lo miraba con esos bellos ojos marrones que hacían de su rostro el más bello e inolvidable de todos los que se dejaban ver por el pie del Castillo.
Ambos se conocían desde el día que nacieron, un once de noviembre, casualidades de la vida... Sus madres decidieron que ambos debían llegar juntos a este mundo y que sus vidas irían unidas por lazos invisibles hasta el fin de las mismas. Se pusieron de parto el mismo día y casi a la misma hora, porque Polonia, la madre de Fernando, esperó hasta la hora de cerrar el comercio que tenía junto a la plaza de abastos y que regentada con su marido. Ella era así, detallista con todos a más no poder, y no quería que ningún vecino pasara falta de nada si cerraban antes. El primero en nacer fue Fernando, y unos minutos después llegó al mundo la bella sirena que le robaría el corazón años después.
Desde ese momento, el destino rigió sus vidas y los fue encaminando el uno hacia el otro. Todo eran pequeños atisbos al doblar una esquina, un reflejo en una ventana, una mirada furtiva en la playa, cuando cada uno jugaba con sus amigos. El destino ganó la partida con un poco de ayuda de Polonia y Lola, las madres de los pequeños enamorados, que no hacían más que cotorrear en casa nombrando al otro a cada momento. Los padres de ambos se mantenían a una prudente distancia de este tema, no fuera a ser que les cayera a ellos el peso de la furia materna y asumían, cada uno a su modo, que tanto Isabel como Fernando, tenían decidido su futuro.
-He dicho que será así, y así será, decía Polonia una noche mientras fregaba los platos de la cena.
-Sí, mujer, así será, contestaba Juan, su marido, casi en susurro para no contrariarla demasiado.
Y sí, así fue. Un 1 de mayo, Fernando e Isabel se unieron en matrimonio para toda la vida con sus padres como testigos. Como banda sonora, el latido alegre de los corazones de ambos, que, desde ese momento, latían al unísono en el comienzo de una vida en común que ambos asumían como lo mejor que les había pasado nunca.
Fernando sonrió nostálgico al recordar aquellos años, esos días que ahora, llegando el ocaso de su vida, tanto añoraba y con tanta nitidez recordaba. Contó hasta tres para tomar impulso y levantarse de la fría roca en la que se había dejado caer. Después, lentamente, con paso decidido, se encaminó hacia la punta del espigón; desde allí se divisaba la Isla Negra, solitaria, orgullosa, y allí, sentada sobre la vieja roca, dormida, desnuda, le esperaba ella.
 



viernes, 11 de agosto de 2017

La puerta azul.


La puerta azul,
 
por
 
Isabel María Pérez Salas.
 
No sabía cuánto tiempo llevaba parada delante de la puerta azul. Traspasar ese umbral significaba mirar de frente el pasado y no estaba segura de querer hacerlo. Al igual que la pintura de la ajada puerta de entrada a la casa que en algún momento ella llamó hogar, sus recuerdos se habían resquebrajado con el paso de los años hasta convertirse en un mosaico abstracto en el que todo se amontonaba sin ningún orden aparente. Hacía doce años que no visitaba esa casa, que no cruzaba ese portal. Hacía doce años que ese cálido sol que se reflejaba en las ventanas no calentaba su rostro ni arrancaba destellos dorados de sus ojos color miel. Hacía doce años que abandonó a su madre, aquella a la que esa misma mañana había dejado bajo tierra, enterrada en el panteón familiar, bajo una losa de mármol, y a la que no había vuelto a ver en vida.
 
Y ahora estaba allí.
 
“Debo entrar”, se dijo, “en algún momento tendré que hacerlo. Venga”.
 
Pero su cerebro no era capaz de procesar aquella sencilla orden. Su mano derecha agarraba con fuerza el asa de su maleta de ruedas recién estrenada, mientras que la izquierda asía con indecisión el llavero que su tía Julia le había entregado después del funeral, un llavero con dos llaves que le abrirían las puertas de un pasado que ella se había esforzado en olvidar.
 
El funeral...
 
“Una vida llena de trabajo y de servicio a los demás para acabar en una fría tumba rodeada, solamente, del cura, de dos hermanos con los que apenas había cruzado un par de palabras en los últimos años, la panadera, tía Julia y la hija que la dejó sola y a la que no volvió a ver…”, pensó con pena.
 
De todos ellos, posiblemente, la que más sintiera la muerte de su madre fuese tía Julia, una amiga de la infancia, la mejor que tuvo, siempre presente en sus vidas. Ella fue la que la llamó por teléfono hacía dos días para decirle que su madre se estaba muriendo, que ya nada le quedaba por hacer, salvo ver el rostro de su hija antes de partir. Ese fue su último deseo y ella no se lo concedió.
 
Por fin, se decidió a entrar. Subió despacio los dos escalones que separaban la puerta de la acera e introdujo la llave en la oxidada cerradura que la llevaría a encontrarse con todos esos recuerdos que un día decidió olvidar. Apenas se abrió la puerta, las reprimidas lágrimas que se había resistido a dejar salir durante el oficio, hacía menos de una hora, comenzaron a rodar por sus mejillas rumbo a la nada, esa nada que durante años se había instalado en su corazón y que la mantenía a salvo de sus sentimientos cuando pensaba en eso que ella había llamado hogar, cuando pensaba en la que había
sido la persona más importante en su vida, hasta que la misma vida decidió levantar un muro entre ambas e hizo imposible seguir viviendo allí.
 
***
 
Laura era lo que mucha gente llamaba “una hija tardía”. Ana se quedó embarazada de ella cuando casi había cumplido los cuarenta y ya daban por perdido el tener descendencia. Así que, la noticia de la llegada de un bebé los llenó de gozo y esperanza. Federico y ella llevaban casados diecisiete años y por fin veían materializarse ese amor que ambos sentían por el otro.
 
Para desgracia de todos, Federico murió cuando ella tenía cuatro años y casi no lo recordaba. Solamente sabía de él lo que su madre tuvo a bien contarle a lo largo de su niñez; después, ella perdió el interés y dejó de preguntar y la madre dejó de intentar mantener viva su memoria. Su muerte supuso para la pequeña familia que formaban, además de mucha pena y dolor, un cambio total en sus vidas. Ana pasó de ser ama de casa y madre, fundamentalmente, a ser la cabeza de familia y tener que buscar la manera de ganarse el pan cada día para poder dar a su hija un futuro mejor que el suyo. Empezó a limpiar casas y a coser, únicas labores para las que ella se sentía preparada, mientras que Laura quedaba al cuidado de tía Julia, que pronto se convirtió en algo más que una amiga para la pequeña, que se vio privada, de la noche a la mañana, de su padre, al morir este, y de su madre, al tener ella que trabajar de sol a sol.
 
***
 
El pequeño y estrecho pasillo de la casa, apenas iluminado, se abrió ante ella dando paso a recuerdos que intentaba reprimir. Inspiró. El aroma de la casa, a pesar de estar cerrada varios días, olía a ella, a su madre, a ese olor que cada mañana la despertaba dándole la seguridad de que todo estaba bien; ese olor a ropa limpia y pan tostado que se mezclaba en su nariz provocándole la primera sonrisa del día. A pesar de lo triste que se sentía, esa sonrisa infantil de cada mañana de años atrás asomó a sus labios al entrar en la pequeña cocina. Si cerraba los ojos podía verla allí, de pie delante de los fogones, con su delantal de cuadros rojos y blancos con un gatito blanco dibujado en el centro. Siempre tarareaba mientras cocinaba su canción favorita, Libre de Nino Bravo, todo un clásico en el desayuno diario.
 
Se sentó en una de las sillas de madera que había en el rincón de la cocina, bajo una ventana que daba a un estrecho patio de luces por el que apenas se colaba algo de luz. Su mano acarició la rugosa madera de la mesa redonda que permanecía inalterable en el tiempo, como todo lo que había en aquella casa.
 
“Laura, deja de rascar la mesa, que te vas a clavar una astilla. Por Dios, ¡todos los días lo mismo! Es que no aprendes… Y ya vas siendo mayor, hija mía, tienes que empezar a dejar de hacer esas cosas. Yo no puedo estar todo el día repitiendo lo mismo. Venga, desayuna, ya se te han enfriado las tostadas. Otra vez…”.
 
Laura alzó entonces la cabeza y miró a los ojos de su madre, que estaba de pie a su lado, con ese eterno delantal del gatito de cuadros rojos y blancos. Acababa de cumplir los doce años y su mente empezaba a vagar por los lugares por los que suelen vagar los niños que están a un paso de la adolescencia. A menudo, se quedaba ensimismada con la vista fija en la pared, mientras su madre le dedicaba tiernas miradas, pensando en lo mayor que se estaba haciendo y en lo rápido que la vida pasaba. Sí, a pesar de todo, la vida pasaba.
 
“Sí, mamá, perdona. No lo volveré a hacer, ¡prometido! Las mejores tostadas del mundo son las tuyas, mami”. Y Ana se inclinó entonces a besar a su hija en la frente, beso que fue recibido con una enorme sonrisa.
 
Laura despertó de su ensoñación con lágrimas en los ojos. Ese “prometido” retumbaba en su cabeza y ella lo repetía sin consuelo. “Prometido mamá, prometido”, mientras su cuerpo se dejaba llevar de nuevo a una época de su niñez en la que hubo más amor que discusiones. Y las discusiones que hubo eran las normales entre una madre protectora y una hija que, poco a poco, iba convirtiéndose en una preciosa mujer, por dentro y por fuera.
 
***
 
Un rayo de sol se colaba entre las rendijas de una de las ventanas de madera del pequeño comedor que había en el centro de la casa y que servía de distribuidor al resto de estancias de la vivienda, que no eran más que dos dormitorios y un pequeño baño. Encima de una pequeña mesita, bajo la ventana, reinaba, solitario y nostálgico, un marco de foto de plata que guardaba en su interior, quizá, el único recuerdo que allí quedaba de ella. Una pequeña Laura con coletas se asomaba a ella mientras su madre empujaba el columpio en el que estaba sentada y una sonrisa feliz se dibujaba en sus labios. No sabía quién habría hecho esa foto, la verdad es que ni siquiera recordaba haberla visto nunca… Una punzada de dolor empezaba a aparecer junto con los recuerdos que esas cuatro paredes guardaban.
 
Laura se sentó pesadamente en un viejo butacón color salmón en la esquina del comedor, junto a la única ventana que había y desde donde su madre aprovechaba, siempre que podía, los escasos rayos de luz que por ahí entraban para coser. Decía siempre que no había nada como coser con luz natural.
 
“Manías tuyas”, le decía la hija, “¿qué más dará coser de un modo u otro?”.
 
Sus manos acariciaron la vieja piel rosada con nostalgia. Ese sillón llevaba allí tantos años como hacía que Federico había muerto y formaba parte de todos los recuerdos que Laura conservaba de aquella casa. Allí la acurrucaba Ana las frías tardes de invierno mientras compartían un chocolate caliente y allí la mecía tía Julia cuando las lágrimas surcaban su rostro de niña al irse la madre a trabajar. Era entonces cuando dejaba salir su furia, esa furia que le nacía de dentro al sentirse abandonada, de ese modo egoísta que sienten los niños cuando las cosas no se hacen como ellos desean.
 
“No seas así, Laura, mamá tiene que ir al trabajo y tú al colegio. Después te recogeré y nos iremos un rato al parque si hace bueno”, le decía tía Julia, con la esperanza de hacerla entrar en razón y evitar que la consabida furia fuese a más. Laura la miraba entonces con los ojos rojos de ira y los mocos colgándole nariz abajo.
 
“¡No quiero!”, le chillaba ella entonces. “¡No voy a ir a ningún sitio sin mi mamá!”.
 
Laura lloraba amargamente cuando volvió a la realidad. Su cuerpo se estremecía entre sollozos mientras dejaba caer la cabeza entre sus manos; el único sonido que se escuchaba era el de su desesperación por no haber vuelto antes. Su madre la había necesitado, la había llamado y ella, egoísta y furiosa como siempre, la había ignorado. Solamente hubiera tenido que venir un día antes, solo un día, y la habría visto antes de morir. Habría compartido con ella esas últimas y penosas horas en las que, según le había contado tía Julia, el dolor se había hecho tan severo que la habían tenido que sedar. Fue entonces cuando la belleza de antaño volvió al rostro de Ana al desaparecer el dolor que sentía; toda la paz y tranquilidad de su alma volvió a su cuerpo, paz alterada, eso lo sabía de sobra Julia, solamente, por la ausencia de su única hija.
 
“Julia, necesito ver a Laura antes de morir. Necesito explicarle a mi hija lo que pasó, el motivo por el que la dejé marchar sin luchar. Necesito que mi alma muera en paz. Julia, llámala, dile que venga. Por favor”.
 
Y eso hizo. Julia llamó a Laura esa misma noche, pero no obtuvo respuesta alguna. Lo único que escuchó al otro lado del teléfono fue el sonido metálico de la voz de Laura grabada en el contestador. Lo que tía Julia nunca supo es que, mientras ella luchaba por retener las lágrimas de impotencia al suplicarle a la niña que volviera a casa, Laura permanecía inmóvil en su sofá escuchando aquel mensaje, impasible y con la firme determinación de ni siquiera molestarse en escucharlo dos veces. Y ahora estaba allí, en la casa de la puerta azul, lamentando no haber levantado el teléfono aquella noche.
 
***
 
Hacía un rato que le había empezado a sobrar el abrigo, los estilosos zapatos de tacón negro que llevaba se le clavaban como si fueran puñales y hasta el sobrio moño que se había hecho al levantarse esa mañana le estaba destrozando la cabeza. Decidió que ya era hora de cambiarse, estaba anocheciendo y empezaba a notar algo de frío. Se levantó despacio de la butaca de su madre y se encaminó hacia la puerta de su cuarto. Con cuidado, casi como si temiera despertar a alguien que durmiera sobre la vieja cama, abrió la puerta y asomó la cabeza. No sabía cómo encontraría la habitación, si su madre habría conservado todas sus cosas o si, por el contrario, el disgusto del abandono y la soledad la habrían empujado a tirarlo todo. Encendió la luz; sobre la cama, situada a la izquierda de la ventana, no había nada más que el edredón blanco que siempre la había cubierto. Si no recordaba mal, ese edredón fue uno de los regalos de Comunión con el que alguien, posiblemente tía Julia, la había obsequiado. Sonrió al recordar aquel día… La felicidad corría a borbotones por la pequeña casa en la que la fiesta y la alegría habían sido las protagonistas junto a la pequeña Laura, que ya había cumplido ocho años y se enfrentaba al primer gran acontecimiento consciente de su vida. Al igual que ella, hacían la Comunión en la modesta Iglesia de San José cercana a su casa, diez compañeros del colegio que avanzaban hacia el altar con las manos unidas en señal de respeto y recogimiento, tal y como Sor Eulalia les había enseñado durante las clases de catecismo. Cerró los ojos; si se esforzaba un poco podía escuchar las risas de aquel día, junto con el jaleo de las vecinas entrando y saliendo de casa para ayudar a Ana a prepararlo todo. A pesar de que el dinero no sobraba, se había propuesto que aquel día fuese inolvidable para la pequeña Laura y que la ausencia de su padre no marcara aquel día en su memoria como un día triste. Y lo consiguió. No hubo lugar para las lágrimas, sólo para la alegría. Laura sonrió sentada en la cama al recordarlo, fue un día feliz, muy feliz. Su madre la ayudó a vestirse, la peinó con sus manos de largos y finos dedos, aquellas manos cálidas que le acariciaban el rostro cada mañana y que la consolaban cuando estaba triste, que la abrazaban en cada despertar al despuntar el alba; con esas manos le había confeccionado un sencillo y precioso vestido blanco para ese día y, con esas manos, la había empujado en la puerta de la Iglesia hacia el altar. Con esas manos que tanto había amado y que, ahora, añoraba.
 
Se levantó de la cama y se quitó el abrigo. Despacio, se descalzó y puso los zapatos en un rincón de la habitación. Se soltó el largo cabello negro mientras miraba a su alrededor y sentía que un poco de fuerza volvía a su cuerpo dolorido. Aquella habitación siempre le había dado mucha paz; había pasado muchas horas de su adolescencia entre esas cuatro paredes blancas leyendo, escribiendo, escuchando música, … Era su habitación preferida de la casa, no en vano, era la suya. Allí había reído, llorado, soñado,...; había crecido y había madurado rodeada de esos muebles y de ese aroma a vainilla que tanto le gustaba. Y fue allí dónde decidió marcharse años atrás.
 
***
 
Desde la cama podía observar toda la habitación. Su madre, fiel a ella misma y a sus recuerdos, había conservado la habitación de Laura casi del mismo modo que ella la dejó, solamente habían desaparecido del armario las escasas prendas de ropa que ella no se llevó. Imaginaba que Ana las habría dado a gente que las necesitara, como solía hacer con frecuencia. “Siempre hay quien lo necesita más que tú, Laura, no lo olvides nunca”. La estantería que compraron juntas cuando Laura empezó el bachillerato seguía llena de sus libros y apuntes, de los que siempre se negó a desprenderse. Mientras sonreía recordando las múltiples veces que Ana le había pedido que regalara alguno de aquellos libros a la biblioteca del pueblo, su mirada se detuvo sorprendida sobre lo que parecía una pequeña caja de música. Se levantó y se acercó a la estantería. Con cuidado, como si fuese a romperse, tomó la cajita entre sus manos y la puso sobre la cama. La caja era de madera, pintada en rojo con dibujos en dorado y verde, asemejando los adornos navideños que tanto le gustaban, y se abría con una pequeña llave plateada que ella recordaba haber tenido siempre puesta en el ojo de la cerradura, pero ahora no estaba allí. Buscó por la estantería, levantó libros, abrió cajones y no consiguió dar con ella. De nuevo, se sentó sobre la cama mientras sostenía cuidadosamente la caja de música entre sus manos preguntándose dónde habría guardado su madre aquella llave.
 
No tenía ninguna duda de que Ana habría levantado esa tapa mil veces durante estos años, así que en algún sitio debía estar. Y de repente la vio… El llavero que tía Julia le había dado tras el funeral con la llave de la casa tenía dos llaves, una era la de la puerta de la entrada, la otra, ajada ya por los años transcurridos, debía ser la de la caja de música o, al menos, eso esperaba. Cogió el llavero que había dejado sobre la mesita de noche de su habitación y probó. Un leve y casi imperceptible click sonó cuando la cerradura cedió y, al levantar la tapa, el Claro de luna, de Debussy, una de sus melodías favoritas, inundó la habitación. Esa melodía la había acompañado desde siempre; incluso ahora, cuando se sentía nostálgica o triste, solía ponerla de fondo a sus penas y, si bien no era una música que se pudiera catalogar como alegre, el escucharla le hacía darse cuenta de que seguía sintiendo y que su corazón estaba vivo aún, lo que conseguía que siguiera dando pasos hacia delante cada día.
 
Recordó con tristeza el día que su madre se la regaló… La había encontrado en un viejo anticuario del pueblo que siempre tenía alguna sorpresa arrinconada en la pequeña tienda para aquellos que, con paciencia, supieran encontrarla. Laura cumplía quince años y Ana quería que su hija tuviera un buen recuerdo de aquel cumpleaños.
 
Además de guardar música en su interior, la vieja caja escondía una pequeña gaveta en la que Laura había guardado sus tesoros a lo largo de los años, esos tesoros que un adolescente no quiere que nadie encuentre y que un adulto gusta de recordar de vez en cuando. Así que, haciendo memoria, buscó el cajón para ver lo que había en su interior. Lo que Laura no esperaba encontrar fue la carta que encontró, único objeto depositado en ella. Y menos aún esperaba que aquella carta fuese dirigida a él, al hombre al que abandonó, al hombre que fue el amor de su vida, al hombre por el que se había marchado de allí hacía doce años y nunca había vuelto. Aquella carta era para Miguel, su Miguel, el único hombre al que había amado y al que, aún hoy, seguía amando, aunque el tiempo y la distancia habían apaciguado de algún modo la pasión de los veinte años convirtiendo su amor por él en algo más ligero, más llevadero, en algo que la acompañaba a diario, pero que ya no le pesaba ni le dolía.
 
Miró aquel sobre con extrañeza, no recordaba haber dejado allí ninguna carta para Miguel y, aunque la letra escrita en él le resultaba familiar, no era la suya.
 
“¿Es posible que esta carta la escribieras tú, mamá?”, pensó. “Después de todo lo que me hiciste, dejaste una carta para él y no para mí… ¿Por qué? ¿Qué tienes que decirle a Miguel que yo no pueda saber? ¿No tuviste tiempo de enviarle la carta tú misma, que la dejas aquí para que yo la encuentre y…? ”.
 
De pronto lo supo. Sin duda, aquella carta la había escrito Ana y la había dejado allí, en un sitio dónde sabía que ella miraría cuando volviera a casa; se había asegurado de que Laura pudiera abrir la caja de música sin problema dejando la llave bien a mano, se había asegurado de que viera la carta dirigida a Miguel y se había asegurado de que fuera Laura la que decidiera si enviarla o no a su destinatario. Sí, sin duda, esa carta escrita por Ana era importante.
***
 
Miguel… Recordó con dolor la primera discusión que su madre y ella habían tenido por su causa, justo ahí, en esa misma habitación. A sus diecisiete años, Laura era ya una guapa jovencita que empezaba a destacar por todo en esa pequeña y cerrada sociedad en la que vivían. Y dentro de esa cerrada sociedad, el que más la admiraba y apreciaba era Miguel, un chico de su edad, amigo de juegos y compañero del colegio que desde bien pequeño bebía los vientos por ella, aunque nunca se lo había confesado. Él era hijo de uno de los matrimonios más ricos de la zona, tanto por el rancio abolengo, como por la fortuna que poseían. A pesar de que Ana era conocida de esta familia, no terminaba de ver con buenos ojos la amistad creciente que se iba afianzando entre los dos niños y poco a poco se lo hizo saber a Laura, que acogió con un buen berrinche las palabras de la madre, a la que tachó, durante aquella primera discusión, de clasista, cuando esta le dijo que cada uno debía saber a dónde pertenecía y no mezclarse ni querer ser lo que no se era. Y esta discusión fue siendo cada vez más habitual con el paso de los años, cuando la relación entre ambos jóvenes empezó a tornarse más romántica y menos inocente. Porque Laura tenía claro lo que deseaba y estaba decidida a luchar por ello, aunque tuviera que llevarse por delante a su madre.
 
Miguel la quería, indudablemente, desde siempre. Sus ojos sonreían cada vez que se cruzaban por la calle y ella se estremecía en cada “buenos días, Laura” que él le dedicaba. Habían sido compañeros de colegio, compañeros de instituto y compañeros en la Universidad. Ambos habían decidido dedicarse a la enseñanza; ella prefirió alargar un poco sus estudios e hizo un Máster en Educación que la mantuvo muy ocupada un par de años más y él se fue a trabajar a la ciudad después de aprobar unas oposiciones muy duras. Se veían en el pueblo los fines de semana, aunque no compartían nada más que las pequeñas experiencias de esos años de estudio, algún que otro encuentro en las escasas fiestas del pueblo y algún que otro café compartido siempre con más amigos. Ninguno dijo nunca lo que sentía, hasta que la inevitable realidad los empujó a los brazos del otro y los convirtió en uno con una sola mirada. Bastó un ligero roce de la mano de Miguel para que Laura entrelazara sus dedos y lo besara, con ternura al principio y con urgencia después, aquella noche de verano en la que se dijeron todo aquello que llevaban tiempo queriendo decirse y que no se podía decir con palabras.
 
***
 
Con manos temblorosas y un nudo en las tripas que le revolvía el recuerdo, Laura se sentó sobre la mullida colcha. Ya había decidido que debía saber el contenido de aquella carta, Ana la había dejado allí para que ella la encontrara y, sin duda, el motivo debía ser importante. Ya pensaría lo que hacer con ella después, poco importaba eso ya. Rasgó el sobre con cuidado de no romper las hojas que contenía, respiró hondo y comenzó a leer:
 
“Querido Miguel,
 
Sé la sorpresa que te causará esta carta. Aunque supongo que lo sabes, mis días aquí están tocando a su fin y quiero irme con el alma en paz. Si bien no creo que vuelva a ver a mi hija, creo justo dejar que su vida siga adelante con la mayor normalidad posible. Hubo un tiempo, ese tiempo en el que todos deseábamos que nuestros hijos fueran felices, en el que yo también decidí ser feliz y dejar que se cumplieran mis deseos, a sabiendas de que no estaba haciendo lo correcto.
 
Tu padre y yo nos conocíamos desde niños; ambos nos habíamos criado aquí y nuestras familias eran de sobra conocidas, la suya por ser una de las familias más ricas de la zona y la mía por ser una de las familias más antiguas.
Imagino que finalmente nos enamoramos, aunque ambos teníamos muy claro que el mundo tendría que dar un giro demasiado grande para poder estar juntos, y después de unos años de discreto romance, decidimos que había llegado el momento de dejarlo, antes de continuar alimentando algo que no tenía futuro. Tan solo intercambiamos un par de frases el último día que nos vimos a solas, siendo aún muy jóvenes para darnos cuenta de que ninguno de los dos sería feliz al cien por cien a lo largo de la vida sin el otro a su lado. Cada uno siguió su camino, asumiendo sin discusión las normas no escritas de una sociedad en la que todo estaba dispuesto de manera que las clases sociales no se mezclaran; era lo normal, y todos lo asumíamos así. Yo encontré a Federico, uno de los hombres más buenos y respetuosos que he conocido, y tu padre se casó con tu madre al año siguiente de decirnos adiós. Nos veíamos, nos cruzábamos, nos mirábamos y seguíamos cada uno nuestro camino. Apenas un saludo era lo máximo que nos permitíamos. Y apenas un esbozo de sonrisa era lo que nos dedicábamos el uno al otro con la esperanza de que nadie se diese cuenta de que aquello que nació en la juventud no había muerto del todo con la madurez.
 
Los años pasaron y Federico y yo empezábamos a darnos cuenta de que jamás tendríamos descendencia. Llevábamos casados más de quince años e intentándolo casi desde el primer día sin ningún resultado. Yo aún era joven, pero los años pasaban y cada vez me sentía más sola. Salvo la compañía esporádica de tía Julia, pasaba una hora tras otra ocupándome de lo mismo: la comida de Federico, la ropa de Federico, de la casa para que Federico estuviera a gusto al volver del trabajo,… No me malinterpretes, Federico era para mí lo mejor que jamás me había pasado, pero mis días giraban en torno a él y sentía que, poco a poco, la Ana soñadora que había sido en mi juventud desaparecía y no estaba segura de querer perder todo eso hasta el punto de dejar de ser del todo yo misma. Fue entonces cuando empecé a obligarme a salir cada tarde un rato, antes de que Federico volviera a casa, y fue así como volví a encontrarme con tu padre…
 
Fernando estaba casi igual a los treinta y siete que a los veinte, al menos para mis ojos; al mirarle solo veía al joven apuesto que había ganado mi corazón con dieciséis años. El caso es que él también solía salir a caminar por la orilla de la playa cuando no llovía y empezamos a cruzarnos por casualidad al principio, y a desearlo y casi buscarlo después. Hablábamos, reíamos, recordábamos el pasado,… No sé cómo explicarte lo que significó aquello para mí, para los dos… Tus padres, según contaba tu padre, no vivieron una vida muy feliz y, al final, como sabes, decidieron por tu bien seguir viviendo juntos en la misma casa, pero hacer discretamente cada uno su vida.


Así fue como empezamos a vernos de otro modo tantos años después… Y así fue como me quedé embarazada de Laura…”.
 
***
 
Laura contuvo como pudo la angustia que se escapaba por su garganta al llegar a este punto de la carta que su madre había escrito a Miguel. Las piezas del misterioso rompecabezas que la había torturado durante doce años empezaban a encajar en un tablero invisible que aún se alzaba borroso ante sus ojos. Estaba absolutamente atónita ante aquella declaración de infidelidad de una de las personas más honradas, rectas y severas en su forma de pensar y de sentir que había conocido nunca. Y lo peor de todo no era solamente la infidelidad de su madre a Federico, sino que según daba a entender, Fernando podría ser su padre, lo que significaba que Miguel y ella compartían mucho más que un pasado en común. Ahora empezaba a darse cuenta del motivo de la reticencia de Ana ante su relación con Miguel y ese insistente empeño, que jamás le explicó, en que se alejara de él cuando empezó a darse cuenta de que los niños se hacían mayores y esa amistad que les unía desde bien pequeños, se estaba convirtiendo en algo más que mero cariño.
 
***
 
Aún sonreía recordando lo que Miguel le había dicho antes de dejarla en casa, cuando se encontró con la mirada furiosa de su madre. Estaba de pie, parada delante de la puerta del comedor con los puños apretados y la cara desencajada. Desde hacía unos meses, ella y Miguel se veían a diario y Ana no lo terminaba de encajar, cosa que a Laura le extrañaba bastante, ya que siempre había sido muy amable con él. No había, al menos no que ella supiera, ningún motivo que justificara ese cambio en el modo de tratar a Miguel, lo que la tenía muy preocupada al no comprender lo que estaba sucediendo.
 
-Hola, mamá, ¿aún levantada?
 
-Laura, pasa, tenemos que hablar.
 
- ¿Qué sucede?
 
-Creo que ya va siendo hora de que sepas la verdad, antes de que esta locura tuya vaya a más y termines cometiendo el mayor error de tu vida.
 
-  ¿De qué estás hablando? Si te refieres a Miguel…
 
-  ¡Calla! Pasa te digo, siéntate e intenta por una vez escuchar sin interrumpirme.
 
-  ¡Pero bueno, mamá! ¿Qué es lo que te pasa?
 
Laura se sentó en una silla frente al viejo sillón orejero color salmón, desde donde Ana la miraba con gesto serio.
 
-Mira Laura, no quiero imponerte nada, pero esta situación no puede continuar así. Miguel no es para ti, eso ya lo sabes, y creo que como diversión ya ha estado bien. A partir de mañana, si quieres seguir con esto, no será bajo mi techo. Te he recogido tus cosas, puedes irte cuando quieras. No te quiero aquí, no quiero seguir viendo cómo destrozas y arruinas tu vida enganchada a un hombre que te va a dejar. Miguel tiene un compromiso con una mujer de su clase, alguien de su misma escala social. Y van a casarse. Siento ser yo quien te lo diga, pero ya va siendo hora de que abras esos ojos de boba soñadora con que has decidido mirar al mundo y empieces a darte cuenta de que la única persona que se ha pasado la vida velando por ti, he sido yo.
 
- ¿Hasta aquí eres capaz de llegar para salirte con la tuya, mamá? ¿Serías capaz de destrozarme la vida, de arrancarme el corazón con una sola mano y apretar hasta reventarlo para ser tú la que gane? Mi madre, esa que me crio, la que me dio calor, la que me ayudó a ser lo que soy, … Esa madre tierna, dulce, cariñosa, ¿dónde ha ido a parar? Los años te han vuelto gris y lo peor de todo es que te has convertido en el ser más desgraciado del mundo. Pero no te preocupes, no me voy a quedar a verte morir, no me voy a quedar a ver cómo destrozas los años que te quedan por vivir… No me voy a quedar a ver cómo se derrumban los muros de esta familia. Miguel y yo tenemos un futuro juntos, te lo aseguro. Y tú no vas a estar en mi vida para verlo. Eso, también te lo aseguro.
 
Laura se levantó de la silla decidida a irse y se dirigió a su cuarto, mientras el rostro de Ana, crispado por la rabia y el dolor que sentía en ese momento, se llenaba de lágrimas que Laura no se molestó en mirar. Quizá, pensaba ahora, se hubiera dado cuenta de que su madre estaba sufriendo por algo más que por no salirse con la suya en cuanto a Miguel y ella.
 
Las palabras de Ana martilleaban el cerebro de Laura mientras recogía lo poco que su madre había dejado sin guardar en dos maletas que la esperaban, abiertas, en su habitación. Se sentó en la cama, esa que había guardado sus anhelos, deseos y esperanzas y que, ahora, acariciaba por última vez. Con manos temblorosas y un sollozo que le destrozaba el pecho, se puso el abrigo y salió de la habitación cargada con los recuerdos que había decidido llevarse. Iba a buscar a Miguel, iba a preguntarle si lo que su madre le había dicho era verdad y, después, cuando él le dijera que no, que la única mujer con la que iba a casarse y pasar el resto de su vida era ella, iría dónde él quisiera llevarla. No iba a volver jamás a la casa de la puerta azul, nunca volvería a cruzar el umbral de desdichas que ahora dejaba atrás, ni su mirada se volvería a cruzar con la de su madre. Nunca más.
 
***
 
“… No voy a engañarte… Nunca supe con total seguridad si Laura fue fruto de mi infidelidad con tu padre o si fue ese milagro que Federico y yo pedíamos cada día. No, nunca lo supe,… Y tampoco me importó, hasta que fue demasiado tarde y el destino y el amor os unió… Fernando nunca supo de mis dudas y Federico nunca supo de mi aventura. Desde ese día, mi marido y yo construimos nuestro futuro en torno al esperado nacimiento y empezó otra etapa para nosotros. El mismo día que supe que esperaba un hijo, fui a buscar a tu padre para decirle, de nuevo, adiós. La vida nos separaba otra vez, aunque esta vez no me importó en absoluto. En mi interior, había un corazón latiendo, una pequeña criatura que me pertenecía, fuese de quién fuese. Era mía y solo mía. Yo iba a darle la vida y a ocuparme de ella hasta que el último aliento de mi existencia saliera de mi boca; iba a luchar por ella, a vivir con ella, a respirar por ella cuando le faltara el aire… Mi vida ya no era mía. Mi vida, ahora, era suya.
 
Fernando tampoco dijo nada esta vez. Se limitó a mirarme, con esos ojos suyos que te taladraban, mientras yo le contaba, loca de alegría, que iba a ser madre. No hacía falta ninguna explicación más, él ya sabía lo que eso significaba… De hecho, tu madre, en aquella época, ya estaba esperando tu llegada. Nos besamos, nos abrazamos, nos miramos a los ojos y nos dijimos adiós. Él sacudió la mano mientras yo le sonreía y me alejaba para siempre. Así fue como terminó todo.
 
El resto de la historia, el motivo por el que Laura se fue sin decirte adiós, nunca lo supe. Es cierto que aquella última noche hice todo lo que estuvo en mi mano para que Laura te dejara antes de permitir que vuestra relación llegara a mayores. El siguiente paso que ibais a dar era el matrimonio y yo no podía permitirlo, no sin saber con total seguridad si Laura y tú compartís la sangre de Fernando. Y eso no podía suceder sin que yo reconociera haber sido infiel a mi marido. Porque, además de infiel, he sido y soy una madre egoísta y cruel que permitió que su única hija se alejara de ella por no reconocer todo aquello que hizo mal. Le dije sin sonrojarme que tú la estabas engañando, que solamente te estabas divirtiendo con ella mientras esperabas el día en el que tu destino se cumpliera al casarte con otra mujer de tu misma clase y posición social, matrimonio que tenías concertado por tu padre desde hacía años y que estabas a punto de llevar a cabo. Sí, fui muy cruel, pero tenía que evitar a toda costa que vuestra relación siguiera adelante. Prácticamente, la eché de casa aquel día y ella se fue. Por ti…
 
Porque su amor por ti fue mucho mayor que el que jamás sintió por mí…
 
Ana”.
 
***
 
Laura dobló la carta con mucho cuidado, despacio, como si las palabras que contenía fuesen a desintegrarse si las agitaba demasiado rápido. Esa última frase se le había clavado en el alma, un alma ya rota, que iba a tardar mucho tiempo en lograr recomponer. Entendía por qué Ana había decidido guardar aquella confesión en su cajita de música en lugar de enviársela a Miguel; era su manera de pedirle disculpas por haber sido tan cruel con ella, por haberle arruinado la vida de ese modo tan egoísta sin haberle explicado el motivo de su negativa a su relación con Miguel. El escribir esa carta a Miguel era el modo de escribirle una carta a ella antes de morir, era su manera de irse en paz.
 
Mientras las lágrimas surcaban sus mejillas, Laura recordó la última noche que se paseó por las calles del pueblo que la vio nacer antes de irse para siempre. Cargó con las dos maletas como pudo hasta llegar a la puerta de la casa de los padres de Miguel, donde él se alojaba los fines de semana cuando venía de visita. Se detuvo en la acera de enfrente pensando si sería mejor llamarlo por teléfono para que saliera o presentarse allí sin más. Aunque sus padres sabían de su relación, según le decía Miguel, aún no se conocían de manera oficial y no creía que aquella noche fuera la mejor para entrar en casa de sus futuros suegros. Debía estar horrible, había llorado mucho y no se había molestado ni en peinarse antes de agarrar su equipaje y salir corriendo de esa casa que más parecía el infierno que un hogar estos últimos años. Fue entonces, mientras dudaba lo que hacer, cuando vio salir a Miguel cogido del brazo de una desconocida. Ella apoyaba su mano derecha en el brazo de él en un gesto que denotaba una gran confianza entre ambos. Reían mientras charlaban sobre algún tema divertido, ya que Miguel se carcajeaba sin parar. Fue entonces cuando las palabras de Ana empezaron a retumbar en su cabeza de manera insistente: “Miguel solo se está divirtiendo contigo, él tiene un compromiso y se casará con alguien de su misma clase. Tú no significas nada para él, cuando llegue el momento de cumplir con su destino, te abandonará y se irá”.
 
Ni siquiera tuvo fuerzas aquella noche para seguir llorando. Destrozada, sola y con los restos de su corazón arrastrando tras de sus pasos, se marchó de allí sin decir adiós a nadie.
 
***
 
Cuando despertó, ya había amanecido. Le dolía la cabeza y notaba cómo sus ojos se quejaban de tanto llanto, le escocían y palpitaban como si dos pequeños corazones vivieran en ellos. Se levantó, se vistió, recogió sus cosas de nuevo, como ya hiciera años atrás y, lentamente, con ternura en su mirada esta vez, dio un último paseo por la pequeña casa que la había visto crecer y que había compartido sus buenos y malos momentos, la casa que había sido su hogar. Suspiró con pesar mientras cerraba la puerta de su cuarto, acarició con ternura el sillón que la abrazaba en las largas tardes de invierno, besó el rostro inanimado y amarillento de su madre en aquella vieja foto del columpio y se despidió de la rugosa mesa de madera de la cocina. Tal y como hiciera el día anterior al llegar, cerró los ojos e inspiró el aroma de la casa, esta vez para asegurarse de guardarlo en su memoria para siempre.
 
Salió despacio, en silencio, la pequeña maleta en una mano y la carta que había cambiado su vida en la otra. En su mente, solo un nombre: Miguel. Y sobre sus hombros todo el peso de una verdad que podía ignorar o afrontar. Ahora tenía en sus manos la posibilidad de cambiar su futuro sola o en su compañía. Ante ella se abrían dos caminos y aún no estaba segura de hacia cuál de ellos la empujaba la puerta azul.
 
Relato presentado al I Premio Águilas de Relato Breve 2017.